Pero siempre deseé ver mi sangre correr.
Imaginé una pequeña hoja de afeitar. Sujetarla con cuidado con la mano izquierda.
Cortar mi muñeca derecha en transversal. No como hacían todos. En horizontal no.
Mis venas son muy azules. Muy gruesas. La piel es casi transparente para ellas.
Mis manos siempre han sido muy viejas.
Mis muñecas muy pequeñas. Muy miserables. Era tan fácil. Parecía tan fácil.
¿Cuántas veces sujeté esa hoja?
Imaginé el dolor. Imaginé la sangre resbalando hasta el codo.
Nunca me atreví. Porque la sangre deberían verla otros.
Porque nada terminaría allí. Sería injusto para los demás.
Para mi familia.
Y no resolvería nada. Ver la sangre resbalar no me devolvería nada.
Podría ser hipnotizante, pero sólo lo sería para mi.
La sangre horroriza. El rojo distorsiona tus sentidos. La violencia se instala en tu vista y te despedaza el cerebro. Jamás olvidas el color. Jamás olvidas los contrastes.
El cuerpo blanco, grisáceo. El rojo intenso. Empalagoso.
No. Nunca fui valiente. O quizás...lo sigo siendo demasiado. No sé.

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