le chambre noir

lundi

Derechos



Una de las cosas que perdí después de cumplir los siete años fue mi derecho a ser mujer.
A comportarme como tal.
A los trece años empecé a desarrollarme. Mis pechos "explosionaron" de golpe. Era un cuerpo menudo y redondo con mucha teta. Las miradas de todo el mundo se dirigían ahí. Mis hermanos no me lo pusieron fácil llamándome "vaca lechera" o "la súper tetas".
Las camisetas nunca eran lo suficientemente grandes para esconderlas. Los sujetadores no eran lo suficientemente armados para que no se movieran, ni "botaran" en el instituto cuando hacíamos voleibol o gimnasia.
A los quince dejé de ir a la playa. Me negaba aún con el enfado descomunal de mis padres.
Si me obligaban permanecía con la camiseta puesta aunque el termómetro marcara los cuarenta grados. Me hubiera bañado con ella, si me hubieran dejado. Era un trauma llegar hasta el agua.
Mis brazos intentaban taparme sin mucho éxito. Los bañadores eran negros y  tipo natación.
Creo que yo fui la visión futurista de la movida gótica.
Siempre vestida de negro y blanca nuclear.

Pasada la adolescencia mejoré un poco. Trabajar ayudó a la autoestima  pero no a mi complejo.
Adelgacé mucho y mis pechos también. Una 95 era proporcionada pero para mi todavía eran demasiado. Empecé a pensar en operarme. Pero siempre me cagué de miedo a las operaciones.

De aquella época, guardo una "linda" curvatura en lo alto de mi espalda. De ir siempre encorvada y con los hombros tirados hacia delante. Todavía ahora, con 45 años debo hacer un tremendo esfuerzo por ir con la espalda derecha. Recordar hasta cuando trabajo delante del ordenador, de mantenerme recta. De salir a la calle con la cabeza mirando al frente y no hacia los pies.

Jamás usé ropa ajustada. Camisetas o jerseis habían de ser anchos. Lo más sueltos posibles.
Ni un escote. Ni si quiera nada que pudiera insinuar una pequeña línea sinuosa de unos pechos bonitos.
Sin maquillar. Zapatos planos, sin tacón.
Aún hoy conservo todas esas "manías" si voy sola. Y aún saliendo acompañada de mi pareja, Él sabe que ese es uno de mis "límites fuertes". Para mi, el exhibirme.

No soporto que me miren. No soporto las miradas de los hombres. Esas miradas que a la gran mayoría de mujeres les gusta, de aprobación, sexuales en algunas ocasiones, de "comerte".
Esquivo ese tipo de miradas, las rehuyo y de hecho no las provoco. Ya que mi manera de vestir es lo más discreta posible. No. No voy de monja de clausura. Pero sí discreta. Demasiado diría Él.
Lo sé. Pero a día de hoy es una prueba que algún día deberé superar. En eso estoy.

En cambio me encanta ver a una mujer femenina. Con su escote. Un vestido ajustado. Con sandalias de tacones de vértigo. Faldas cortas.
Y jamás he soportado comentarios de un grupo de mujeres cargando contra otra mujer por su manera de vestir. Cualquiera puede ir como le de la gana.
Si se siente bien y a gusto con su cuerpo y la ropa que  la viste.

Y nadie debería condicionar su manera de vestir por un hombre.

Pero yo perdí ese derecho. Algo en mi interior me dijo que si no era femenina, si no mostraba nada, ya no en la ropa, sino en mis maneras. Jamás atraería a nadie que pudiera "pensar" que podía conseguir algo de mi que yo no deseara.

Perdí el derecho a decidir por mi misma. A rechazar por mi misma.
A sentirme guapa, femenina y sexy.

Perdí muchas cosas, pero esta es una de las que más extraño.







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